Detrás de mí, algo respiró.
No fue un respiro humano.
No fue el jadeo de alguien cansado.
Fue una inhalación lenta, húmeda, demasiado cerca de mi nuca, como si una boca llena de agua acabara de abrirse justo detrás de mi oído.
No me di la vuelta.
No podía.
La voz de Rebecca seguía temblando desde el celular, aunque el audio ya había terminado.
“Si ya viste las huellas… no te des la vuelta.”
Mis ojos se quedaron clavados en el concreto.
En esas huellas pequeñas.
Mojadas.
Imposibles.
Las huellas de un niño que, según todos en el edificio, había desaparecido hacía cuatro años.
Las huellas de Ethan.
Sentí que algo se movía detrás de mí.
No pasos.
No arrastre.
Solo presencia.
Como si alguien estuviera de pie allí, observándome, respirando con cuidado, esperando a que yo cometiera el error de girar la cabeza.
Mis manos comenzaron a temblar.
El celular casi se me resbaló entre los dedos.
Entonces escuché un sonido bajísimo.
Un goteo.
Una gota cayó sobre el concreto.
Luego otra.
Y otra.
No venían de la manta mojada que yo había dejado a medio colgar.
Venían de atrás.
De lo que estaba detrás de mí.
El olor se hizo más fuerte.
Agua vieja.
Metal oxidado.
Tierra húmeda.
Y ese dulzor podrido que se mete en la garganta y hace que el cuerpo quiera expulsarlo todo.
Tragué saliva, pero no pude.
Mi garganta estaba cerrada.
El teléfono vibró de nuevo.
Esta vez, en la pantalla no apareció un audio.
Apareció un mensaje de texto.
De Becky 2A.
“Camina hacia la puerta. Despacio. No mires atrás. No respondas si te llama por tu nombre.”
Mi corazón se detuvo un segundo.
¿Si me llama?
Apenas terminé de leer, una voz pequeña susurró detrás de mí.
“Señor…”
Sentí que las piernas se me aflojaban.
Era la voz de un niño.
Débil.
Mojada.
Lejana.
Como si saliera desde el fondo de una tubería.
“Señor… ayúdeme…”
El sonido me atravesó de una forma que ninguna voz adulta habría podido hacerlo.
Porque no sonaba como un monstruo.
No sonaba como una amenaza.
Sonaba como un niño perdido.
Como un niño con frío.
Como un niño que llevaba demasiado tiempo esperando que alguien escuchara.
Di un paso hacia la puerta de las escaleras.
Muy despacio.
El concreto crujió bajo mi zapatilla.
Detrás de mí, la respiración se cortó.
Y luego la voz volvió.
“¿No me va a sacar?”
Cerré los ojos.
Quise girarme.
Por un segundo, todo mi cuerpo quiso desobedecer a Rebecca.
Porque si aquello era Ethan, si de alguna manera imposible aquel niño estaba allí, yo no podía dejarlo solo.
Pero entonces el celular volvió a vibrar.
Otro mensaje.
“No es él hablando. Es lo que aprendió a imitarlo.”
Las palabras se me clavaron en los ojos.
Sentí una náusea profunda, fría, subiendo desde el estómago.
La voz detrás de mí cambió apenas.
Seguía siendo infantil.
Seguía siendo triste.
Pero ahora había algo más debajo.
Algo hueco.
Algo que escuchaba mi miedo y lo repetía.
“Señor… tengo frío…”
Di otro paso.
Después otro.
La puerta de las escaleras estaba a unos metros.
Parecía mucho más lejos que antes.
Detrás de mí, el tanque negro crujió.
La tapa volvió a levantarse.
Toc.
Cayó.
Luego otra vez.
Toc.
Toc.
Toc.
Como si algo dentro estuviera impaciente.
Como si el alambre oxidado estuviera a punto de romperse.
La voz de niño susurró:
“Rebecca me dejó aquí.”
Me detuve.
Todo mi cuerpo se quedó rígido.
Esa frase me golpeó con una fuerza brutal.
Rebecca me dejó aquí.
La misma frase del audio.
“No abras el tanque de agua… ahí fue donde dejé al niño.”
Hasta ese momento, yo había pensado que Rebecca estaba confesando.
Que enloquecida por el dolor, de alguna forma terrible, ella había tenido algo que ver con la desaparición de su hijo.
Pero ahora, al escuchar esa voz repitiendo las palabras como una trampa, entendí que algo no encajaba.
Rebecca no había dicho “lo escondí”.
No había dicho “lo maté”.
Había dicho “lo dejé”.
Como si lo hubiera dejado allí para que no saliera.
Como si durante cuatro años hubiera estado subiendo cada noche no para buscarlo.
Sino para mantenerlo encerrado.
Mi mano apretó el celular.
No me di la vuelta.
Seguí caminando hacia la puerta.
La respiración detrás de mí cambió.
Se volvió más rápida.
Más dura.
Más molesta.
Entonces ya no habló con voz de niño.
Habló con la voz de Rebecca.
“Vecino…”
Me quedé helado.
Era su voz exacta.
Más clara que en los audios.
Más cerca.
Casi suplicante.
“Por favor… abre la tapa…”
Sentí lágrimas en los ojos.
No de tristeza.
De terror.
Porque esa voz también era perfecta.
Perfecta en el cansancio.
Perfecta en el temblor.
Perfecta en esa manera que ella tenía de decir las cosas como si pidiera permiso.
Pero Rebecca ya me había advertido.
No mires atrás.
No respondas.
No abras.
Seguí caminando.
La puerta estaba cerca.
Muy cerca.
Puse la mano sobre la perilla metálica.
Estaba fría.
Entonces, justo antes de abrir, el celular sonó con una llamada entrante.
No era Rebecca.
Era un número desconocido.
La pantalla se encendió tan fuerte que me iluminó los dedos.
No contesté.
La llamada se cortó.
Entró otra.
La rechacé.
Entró una tercera.
Y entonces llegó un mensaje desde ese mismo número desconocido.
“No baje. Yo sé lo que hay en el tanque.”
Me quedé mirando la pantalla, paralizado.
Detrás de mí, la respiración se detuvo.
Por primera vez, la cosa de la azotea también parecía estar escuchando.
El número desconocido volvió a escribir.
“Soy el oficial Harris. Estuve en el caso de Ethan. Rebecca me dijo que si alguna vez le pasaba algo, usted recibiría los audios.”
Me faltó el aire.
El caso de Ethan.
La policía.
Rebecca.
Todo volvió a mí de golpe: la búsqueda, los interrogatorios cortos, los oficiales cansados, los vecinos cerrando puertas.
Yo no recordaba a ningún oficial Harris.
O quizá sí.
Quizá era uno de esos hombres que habían subido y bajado por el edificio con linternas durante los primeros días, antes de que todos decidieran rendirse.
Otro mensaje apareció.
“No abra la tapa. Baje ahora. Tengo las pruebas que Rebecca guardó.”
La palabra pruebas me atravesó.
Pruebas.
Rebecca había guardado algo.
Durante cuatro años, aquella mujer rota, silenciosa, casi invisible, había estado guardando algo.
Abrí la puerta de las escaleras de golpe.
El metal chilló.
Bajé el primer escalón.
Luego el segundo.
Entonces, desde la azotea, algo golpeó el tanque.
No fue un rasguño.
Fue un golpe brutal.
BAM.
La puerta tembló detrás de mí.
BAM.
El alambre oxidado chirrió.
BAM.
Y entonces la voz de niño gritó:
“¡MAMÁ!”
Ese grito me partió por dentro.
No era una súplica cualquiera.
Era la palabra que Rebecca debió haber escuchado durante cuatro años.
La palabra que la hizo subir cada noche.
La palabra que la mantuvo viva y la mató despacio.
Bajé corriendo.
Dos pisos.
Tres.
Cuatro.
No sé cómo no me caí.
Cuando llegué al pasillo del segundo piso, la puerta del apartamento 2A estaba entreabierta.
La puerta de Rebecca.
Un hilo de luz salía desde dentro.
Yo sabía que nadie debía estar allí.
Su hermana se había llevado algunas cosas después del funeral, pero el apartamento tendría que estar vacío.
Me acerqué con el corazón golpeándome la garganta.
Desde dentro, escuché un murmullo.
No era una voz.
Era una grabación.
La misma voz de Rebecca, reproduciéndose una y otra vez.
“Si está escuchando esto, entonces ya me enterraron.”
Empujé la puerta.
El apartamento olía a polvo, cera barata y flores marchitas.
Había cajas apiladas junto a la pared.
La bata gris de Rebecca colgaba detrás de una silla.
En la mesa de la cocina había una vieja grabadora, encendida, con una luz roja parpadeando.
Y junto a ella, una carpeta amarilla.
En la portada había una sola palabra escrita con marcador negro:
ETHAN.
Mis manos temblaron al abrirla.
Dentro había fotografías.
No de Ethan sonriendo.
No de cumpleaños.
No de escuela.
Eran fotos de la azotea.
Del tanque negro.
Del alambre.
De manchas húmedas alrededor de la tapa.
De huellas pequeñas sobre el concreto.
Fotos tomadas en diferentes fechas.
Diferentes noches.
Diferentes años.
Y detrás de cada foto, Rebecca había escrito la hora exacta.
2:17 a.m.
2:17 a.m.
2:17 a.m.
Siempre la misma hora.
Luego encontré recortes de periódicos.
Copias de reportes policiales.
Notas escritas a mano.
Nombres de vecinos.
Fechas.
Horarios.
Y una página doblada al final.
Cuando la abrí, sentí que el mundo se me inclinaba.
Era una lista.
No solo estaba el nombre de Ethan.
Había otros nombres.
Niños.
Todos desaparecidos en East Baltimore.
Todos en edificios viejos.
Todos cerca de tanques de agua abandonados o clausurados.
Todos casos cerrados demasiado rápido.
Y al lado de cada nombre, Rebecca había escrito una frase:
“No se los llevó una persona.”
Seguí revisando, cada vez con más desesperación.
Entre los papeles apareció una fotografía más vieja.
Borrosa.
Tomada con zoom desde una ventana.
En ella se veía la azotea de nuestro edificio en plena noche.
El tanque negro estaba abierto.
Y de pie junto a él había un hombre.
Llevaba uniforme.
No se le veía la cara completa.
Pero se veía la placa.
Se veía la mano.
Se veía algo que sostenía.
Un balde.
Un balde pequeño.
El mismo tipo de balde que Rebecca cargaba cada noche.
Debajo de la foto, ella había escrito:
“Él volvió a alimentarlo.”
Sentí que la piel se me erizaba.
En ese momento, alguien habló desde la puerta.
“Rebecca no debió darle eso a nadie.”
Levanté la mirada.
Un hombre estaba parado en el umbral del apartamento.
Alto.
Ancho.
Con chaqueta oscura.
El cabello lleno de canas.
Y una placa colgando del cinturón.
No era el oficial Harris.
O quizá sí.
Pero su cara no tenía nada de ayuda.
Sus ojos estaban fijos en la carpeta.
No en mí.
En la carpeta.
Di un paso atrás.
“Usted estuvo en el caso”, dije.
Mi voz salió rota.
El hombre cerró la puerta detrás de él con una calma horrible.
“Todos estuvimos en el caso.”
Miró las paredes del apartamento, las cajas, la grabadora.
Luego sonrió sin alegría.
“Rebecca era más inteligente de lo que parecía.”
El corazón me golpeaba tan fuerte que apenas podía escuchar.
“¿Qué hay en el tanque?”
El hombre no respondió de inmediato.
Se acercó despacio.
Yo retrocedí hasta chocar con la mesa.
La grabadora seguía reproduciendo la voz de Rebecca.
“Si está escuchando esto, no confíe en la policía. No confíe en nadie que diga que viene a ayudar. Ellos saben. Ellos siempre supieron.”
El hombre miró la grabadora con molestia.
Entonces entendí.
Rebecca no había estado loca.
No había sido una madre rota inventando fantasmas para no aceptar la pérdida.
Rebecca había descubierto algo.
Algo tan horrible que nadie quiso creerle.
Algo que la policía enterró junto con el nombre de su hijo.
El hombre estiró la mano hacia la carpeta.
Yo la apreté contra mi pecho.
“Démela”, dijo.
“No.”
Su expresión cambió.
La calma desapareció.
En su lugar apareció algo más frío.
Más viejo.
Más sucio.
“Usted no entiende lo que está protegiendo.”
“Entonces explíquelo.”
El hombre soltó una risa baja.
“Eso de arriba no es un niño.”
Mis dedos se cerraron sobre la carpeta.
“¿Y Ethan?”
La sonrisa se le borró.
Por primera vez, vi algo parecido al miedo cruzarle la cara.
“Ethan fue el primero que sobrevivió.”
No entendí.
No quería entender.
El hombre miró hacia el techo, como si pudiera escuchar lo que pasaba arriba.
“Lo sacaron del tanque demasiado tarde. Ya no era solo Ethan. Rebecca lo supo desde el principio. Por eso lo volvió a encerrar.”
La habitación pareció encogerse.
Recordé a Rebecca subiendo con el balde vacío.
Cada noche.
Siempre a la misma hora.
No para alimentar algo.
No para buscar a su hijo.
Sino para comprobar que el alambre seguía intacto.
Que la tapa seguía cerrada.
Que lo que había regresado con la voz de Ethan no bajara al edificio.
“¿Por qué no lo destruyeron?”, pregunté.
El hombre me miró como si hubiera hecho una pregunta infantil.
“Porque algunos aprendieron a usarlo.”
El silencio cayó pesado.
Luego la grabadora cambió de pista.
La voz de Rebecca volvió a sonar.
Esta vez más clara.
Más firme.
Como si hubiera esperado exactamente ese momento.
“Si él está frente a usted, no corra. Ya cerré todas las salidas. Llamé a Asuntos Internos, al fiscal, a Harris y a la prensa antes de morir. Todo se enviará automáticamente después de mi entierro. Pero necesitaba que él entrara al apartamento. Necesitaba que tocara la carpeta. Necesitaba sus huellas.”
El hombre se quedó inmóvil.
Su rostro perdió color.
Yo miré la mesa.
Debajo de la carpeta había una hoja plástica transparente.
Pegajosa.
Preparada.
El hombre bajó la vista hacia sus propios dedos.
Había tocado el borde.
Había dejado sus huellas.
La grabadora siguió.
“Durante cuatro años me llamaron loca. Durante cuatro años me dejaron sola. Durante cuatro años subí a esa azotea para que nadie más bajara muerto por las escaleras. Pero yo también aprendí a esperar.”
El hombre lanzó un golpe contra la mesa.
La grabadora cayó al suelo, pero no se rompió.
La voz de Rebecca continuó desde abajo, más distorsionada, más fantasmal.
“Y si cree que puede salir de aquí antes de que lleguen por usted… mire por la ventana.”
El hombre giró.
Yo también.
Abajo, en la calle, luces rojas y azules se reflejaban sobre los ladrillos mojados del edificio.
No una patrulla.
Muchas.
Demasiadas.
Voces.
Puertas de autos cerrándose.
Radios policiales.
Gente subiendo las escaleras.
El hombre retrocedió, respirando con fuerza.
Pero entonces, desde arriba, llegó otro sonido.
BAM.
El techo tembló.
BAM.
Una grieta fina apareció en la pintura sobre nuestras cabezas.
La cosa del tanque seguía golpeando.
Y ahora golpeaba con rabia.
El hombre miró hacia el techo y murmuró:
“No puede salir.”
Pero su voz ya no sonaba segura.
La grabadora, tirada en el suelo, soltó la última parte del mensaje de Rebecca.
“Sí puede. Pero solo cuando escucha la voz de quien lo entregó.”
El hombre se quedó helado.
Yo lo miré.
La frase cayó entre nosotros como una sentencia.
Quien lo entregó.
No quien lo encontró.
No quien investigó.
Quien lo entregó.
El hombre negó con la cabeza.
“No.”
Arriba, algo raspó el tanque con una furia animal.
Ras.
Ras.
Ras.
Luego una voz bajó por las tuberías.
Pequeña.
Mojada.
Infantil.
“Oficial…”
El hombre retrocedió hasta chocar con la pared.
La voz volvió, más dulce.
Más clara.
“¿Por qué me metiste ahí?”
Se me heló la sangre.
El hombre empezó a respirar con dificultad.
“No eras tú”, dijo, mirando al techo. “Ya no eras tú.”
La voz de Ethan respondió:
“Tenía seis años.”
El pasillo se llenó de pasos.
Alguien golpeó la puerta.
“¡Policía! ¡Abra!”
Pero el hombre ya no miraba la puerta.
Miraba el techo.
El techo donde algo lo estaba llamando por dentro.
“Tenía frío”, dijo la voz del niño.
El hombre se tapó los oídos.
“Cállate.”
“Lloré mucho.”
“Cállate.”
“Le dije a mi mamá que tú me habías subido.”
La cara del hombre se descompuso.
Y entonces entendí la verdad completa.
Rebecca siempre supo que Ethan no se había perdido.
Siempre supo que alguien lo había llevado a la azotea.
Siempre supo que ese alguien llevaba placa.
Pero nadie le creyó.
Nadie quiso mirar demasiado.
Nadie quiso abrir el tanque.
Y cuando por fin Rebecca descubrió lo que había regresado de allí, decidió cargar sola con la condena.
No para proteger al asesino.
Sino para esperar el momento exacto de destruirlo.
El golpe contra la puerta se hizo más fuerte.
“¡Abra ahora!”
El hombre sacó un arma.
Yo retrocedí.
Pero no me apuntó a mí.
Apuntó hacia el techo.
Como si pudiera dispararle a una voz.
En ese mismo instante, el celular en mi mano se encendió.
Otro audio de Rebecca.
Se reprodujo solo.
“Vecino… ahora sí puede mirar.”
No entendí hasta que escuché el crujido.
Arriba, en la azotea, el alambre del tanque se rompió.
No lo vimos.
Lo sentimos.
Un sonido metálico, largo, desesperado, recorrió las paredes del edificio.
Después vino un golpe.
La tapa cayó en algún lugar de la azotea.
Y por primera vez en cuatro años, el tanque negro quedó abierto.
El hombre bajó el arma lentamente.
La puerta del apartamento se abrió de golpe.
Varios oficiales entraron gritando órdenes.
Pero nadie avanzó.
Porque todos escucharon lo mismo.
Pasos.
Pequeños.
Mojados.
Bajando por las escaleras.
Uno.
Otro.
Otro.
Lentos.
Descalzos.
Dejando agua en cada escalón.
El hombre empezó a llorar.
No gritaba.
No pedía perdón.
Solo lloraba como un niño atrapado.
Los oficiales lo esposaron mientras él repetía:
“No era Ethan. No era Ethan. No era Ethan.”
Pero desde el pasillo, una voz pequeña respondió:
“Entonces mírame.”
Todos giramos.
Allí, al final del corredor, frente a la luz parpadeante, había una silueta pequeña.
Un niño.
O algo que todavía recordaba la forma de un niño.
Estaba empapado.
La ropa pegada al cuerpo.
El cabello chorreando sobre la frente.
No se le veía bien el rostro.
Solo los pies.
Pequeños.
Descalzos.
Mojados.
El oficial que había sido esposado dejó de llorar.
La silueta levantó lentamente una mano.
En su muñeca había algo.
Una pulsera vieja.
De hospital.
Amarillenta.
Casi deshecha.
Con un nombre escrito todavía en letras débiles.
ETHAN REBECCA CARTER.
Nadie habló.
Nadie se movió.
La silueta dio un paso hacia el hombre.
Los oficiales intentaron detenerla, pero las luces del pasillo se apagaron de golpe.
Todo quedó negro.
Se escuchó un grito.
Uno solo.
Corto.
Ahogado.
Luego silencio.
Cuando las luces volvieron, el hombre estaba en el suelo.
Vivo.
Pero con el cabello completamente blanco.
Los ojos abiertos.
La boca torcida en una mueca muda.
Como si en unos segundos hubiera visto los cuatro años enteros que Rebecca pasó esperando.
Como si algo le hubiera devuelto, de golpe, cada noche, cada grito, cada rasguño, cada minuto dentro de aquel tanque.
La silueta ya no estaba.
En el suelo solo quedaban huellas mojadas.
Pequeñas.
Descalzas.
Y una línea de agua que iba hacia el apartamento 2A.
Los oficiales encontraron todo.
La carpeta.
Las fotos.
Los reportes alterados.
Los nombres de los otros niños.
Los pagos.
Las llamadas borradas.
Los documentos que probaban que varios hombres con placa habían encubierto desapariciones durante años.
Al amanecer, East Baltimore despertó con patrullas, cámaras, vecinos llorando en las ventanas y periodistas pronunciando el nombre de Rebecca como si recién entonces mereciera ser escuchado.
Pero lo más terrible apareció después.
Cuando subieron a la azotea.
El tanque estaba abierto.
Vacío.
No encontraron el cuerpo de Ethan.
No encontraron huesos.
No encontraron ropa.
Solo encontraron, pegadas por dentro de la tapa, cientos de marcas de uñas pequeñas.
Y una frase escrita desde adentro, raspada una y otra vez sobre el plástico negro:
“Mamá venía todas las noches.”
El oficial que había entregado a Ethan no volvió a hablar.
Lo encerraron en una celda vigilada día y noche.
Los médicos dijeron que estaba en shock.
Que su mente se había quebrado.
Que repetía cosas sin sentido mientras miraba el techo.
Pero el guardia de turno contó otra versión.
Dijo que todas las noches, exactamente a las 2:17, el hombre despertaba gritando.
Decía que escuchaba uñas raspando metal.
Decía que un niño mojado estaba parado en la esquina de su celda.
Decía que Rebecca lo miraba desde detrás de los barrotes con su bata gris y su bolsa vacía colgando del brazo.
Y que cada noche ella le decía lo mismo:
“Ahora tú vas a aprender a esperar.”
El edificio quedó casi vacío después de aquello.
Muchos se fueron.
Otros fingieron no recordar.
La hermana de Rebecca recogió sus cosas, pero dejó la bata gris en el apartamento 2A.
Nadie quiso tocarla.
Yo tampoco.
Durante semanas no subí a la azotea.
No podía.
Cada vez que miraba hacia la puerta de las escaleras, sentía el olor del tanque regresar a mi garganta.
Pero una noche, mucho después, el calor volvió a ser insoportable.
Mi cuarto olía a humedad, cloro y encierro.
Y mi teléfono vibró.
2:17 a.m.
Miré la pantalla.
No decía Becky 2A.
Decía Ethan.
Yo nunca tuve un contacto llamado Ethan.
El mensaje no era un audio.
Era una foto.
La abrí con las manos heladas.
Era la azotea.
El tanque negro.
La tapa abierta.
Y junto a él, de pie bajo el bombillo amarillo, estaba Rebecca.
Con su bata gris.
Con la bolsa reutilizable colgando del brazo.
A su lado había un niño pequeño, descalzo, tomado de su mano.
Los dos miraban hacia la cámara.
Pero detrás de ellos, dentro del tanque vacío, se veía otra mano.
Grande.
Adulta.
Arañando desde la oscuridad.
Debajo de la foto había una frase escrita en letras blancas:
“Todavía falta uno.”
Esa noche entendí que la venganza de Rebecca no había terminado con el hombre que entregó a Ethan.
No.
Rebecca había pasado cuatro años aprendiendo a esperar.
Y los muertos, cuando esperan tanto, no se conforman con el primero que cae.
Desde entonces, cada madrugada a las 2:17, algún teléfono del edificio vibra.
A veces con una foto.
A veces con un audio.
A veces con una sola frase.
Nadie vuelve a subir solo a la azotea.
Nadie vuelve a tocar el tanque.
Y nadie en East Baltimore pronuncia el nombre de Rebecca en voz baja.
Ya no.
Ahora lo dicen con miedo.
Porque todos entendieron demasiado tarde que Rebecca no bajaba cada noche derrotada.
Bajaba contando los días.
Bajaba preparando pruebas.
Bajaba dejando migas para la justicia.
Bajaba esperando que la muerte le diera la única fuerza que los vivos le negaron.
Y cuando por fin la enterraron, no descansó.
Se levantó desde el silencio.
Mandó sus audios.
Abrió la trampa.
Y dejó que cada culpable escuchara, en la oscuridad, los mismos rasguños que ella había soportado durante cuatro años.
La última vez que vi el tanque, la tapa estaba cerrada otra vez.
El alambre oxidado había vuelto a aparecer alrededor.
Más apretado que antes.
Sobre el concreto había huellas pequeñas, mojadas, que no iban hacia ninguna parte.
Y junto a ellas, marcadas en el polvo con un dedo húmedo, había dos palabras:
“Falta él.”
No sé quién será el siguiente.
No sé cuántos nombres guardó Rebecca antes de morir.
No sé cuántas voces aprendió a imitar lo que vive dentro del tanque.
Solo sé que anoche, al pasar frente al apartamento 2A, escuché una bolsa de supermercado rozar el suelo al otro lado de la puerta.
Luego una mujer suspiró.
Y una voz que conocía demasiado bien susurró desde la oscuridad:
“Vecino… esta noche no cierres los ojos.”