Fui a otra ginecóloga solo para tranquilizarme. Cuando vio mi ecografía, apagó la pantalla y susurró: “¿Quién te ha estado tocando desde adentro?”.

El estallido del cristal templado hizo añicos el silencio absoluto del consultorio. Los golpes furiosos se convirtieron en una embestida brutal cuando la puerta cedió de cuajo, arrancada de sus goznes por la fuerza desesperada de Julian.

Él irrumpió en la estancia con la impecable bata blanca de médico completamente desabrochada, el cabello revuelto y los ojos inyectados en una furia demencial que borraba por completo cualquier rastro del esposo bondadoso que el mundo creía conocer. A su lado, Evelyn cruzó el umbral con paso solemne, sosteniendo con ambas manos enguantadas la pesada taza de plata maciza, cuyo contenido humeante desprendía un fulgor iridiscente y antinatural.

—Clara… —la voz de Julian sonó como un eco metálico, helado y desprovisto de humanidad—. Qué decepción tan grande. Te di todo lo que una mujer de tu estirpe podría soñar, y decides venir a revolcarte en este sucio sótano con charlatanes.

La doctora Sarah Higgins se interpuso de inmediato entre nosotros, empuñando un pesado revólver antiguo que guardaba en el cajón inferior del escritorio. Su pulso temblaba, pero su mirada destilaba una resolución de acero.

—Ni un solo paso más hacia adelante, doctor Vance —advirtió la especialista con voz firme—. El circuito cerrado de esta clínica ya ha transmitido toda la grabación de su expediente médico y los peritajes toxicológicos preliminares a la división federal de salud pública y a la fiscalía de Charleston. Están acorralados.

Julian soltó una carcajada seca, un sonido áspero que resonó en las paredes blancas como el crujir de huesos rotos.

—¿Fiscalía? ¿Federales? —sonrió con una mueca retorcida que deformaba sus facciones perfectas—. Ningún tribunal de este estado va a procesar al jefe indiscutible de genética avanzada y trasplantes experimentales de la universidad. Este hijo… —señaló con desprecio mi vientre abultado—, no es tuyo, Clara. Es la culminación perfecta de veinte años de investigación clandestina. Un organismo sintético cultivado en matriz humana para trascender los límites de la carne. ¡Yo soy su creador!

El horror me recorrió de pies a cabeza, pero esta vez el miedo no se tradujo en parálisis, sino en una rabia helada y densa que comenzó a hervir en mi pecho.

Miré la pantalla del monitor que la doctora había dejado encendida. En el interior de aquella imagen amplificada del ultrasonido, lo que flotaba no era un feto común: era una estructura simétrica, luminiscente y parásita que latía al unísono con mi propio corazón, alimentándose de mi vitalidad para construir un calco perfecto de la conciencia de Julian.

Él había convertido mi cuerpo en un incubador biológico sin mi consentimiento.

Evelyn dio un paso al frente, con sus ojos crueles fijos en mí, extendiendo la taza de plata con una sonrisa sádica en los labios.

—Bebé de una vez, querida niña —siseó la anciana con tono almibarado—. El ciclo debe cerrarse ahora mismo. Si no lo ingieres por las buenas, te lo inyectaremos directamente en la yugular hasta que pierdas la consciencia para siempre.

Julian sacó lentamente del bolsillo interior de su bata una jeringa prellenada con un líquido denso y transparente, avanzando hacia mí con una lentitud calculadora.

—No pongas resistencia, Clara. Serás recordada como la madre nodriza del mayor avance científico de nuestra era.

La distancia entre él y nosotras se redujo a menos de tres metros. La doctora Higgins amartilló el revólver, pero Julian ni siquiera parpadeó; sabía perfectamente que un médico de su estatus y redes de influencia siempre encontraba la forma de eludir una bala, o de comprar el silencio de un juez.

Fue en ese preciso instante milimétrico donde la simetría del destino cambió de bando.

Con una velocidad que ni ellos ni yo misma creíamos poseer, fingí un desmayo y me desplomé pesadamente sobre la camilla metálica. Julian, confiado en su victoria absoluta, soltó una exclamación de fastidio y corrió a sujetarme del brazo, bajando la guardia por una décima de segundo.

—¡Ahora, Clara! —gritó la doctora Higgins.

No dudé ni un solo segundo.

Con un movimiento lateral impulsado por toda la adrenalina acumulada, mi mano derecha se estiró con violencia y arrebaté la taza de plata de las manos enguantadas de Evelyn con tanta fuerza que el líquido caliente salpicó gran parte de su rostro y su costoso vestido de luto.

La anciana soltó un grito estridente de dolor y sorpresa al sentir cómo el brebaje corrosivo quemaba su piel.

Antes de que Julian pudiera reaccionar o clavar la aguja en mi piel, me incorporé de un salto, tomé el pesado frasco de cristal con la muestra de toxinas concentradas que la enfermera había extraído de mis análisis previos y se lo estrellé con brutalidad directamente contra el rostro.

El vidrio estalló en mil pedazos sobre sus lentes y pómulos, liberando el compuesto químico concentrado que él mismo me había administrado durante meses.

Julian retrocedió tambaleándose, llevándose las manos a la cara mientras soltaba un alarido gutural de agonía. El líquido altamente reactivo comenzó a quemar su dermis de inmediato, neutralizando sus funciones motoras en cuestión de segundos debido a la potencia de la fórmula que él mismo había diseñado para mantener dóciles a sus pacientes.

Cayó de rodillas sobre los cristales rotos, tosiendo sangre y luchando desesperadamente por respirar mientras su propia creación química lo devoraba desde el interior de las vías respiratorias.

Evelyn, aterrorizada al ver a su adorado hijo postrado y convulsionando en el suelo, intentó abalanzarse sobre mí con las uñas abiertas.

—¡Maldita perra asesina! ¡Te voy a arrancar las entrañas! —chillaba fuera de sí.

Sin embargo, la doctora Higgins le propinó un golpe certero con la cacha del revólver en el hombro, derribándola al instante sobre el piso frío del consultorio.

Me puse de pie con las manos firmes, sintiendo el peso de mi embarazo, pero con una libertad absoluta latiendo en cada fibra de mi ser. Me acerqué lentamente a Evelyn, quien yacía gimiendo de dolor en el suelo, y recogí los restos de la taza de plata que aún conservaba un remanente del tónico oscuro.

—¿Qué… qué vas a hacer? —balbuceó la anciana, mirándome con los ojos desorbitados por un pánico visceral.

Incliné el recipiente metálico sobre su rostro y la obligué a tragar los últimos restos del líquido amargo que durante tanto tiempo me había impuesto cada madrugada.

—Probar tu propia medicina, mamá —susurré con una frialdad implacable en los labios—. En esta casa, las reglas siempre las dictó el vientre. Ahora veremos cuánto resiste tu estirpe cuando el veneno regrese al origen.

Fuera del consultorio, el sonido de las sirenas de la policía estatal y las unidades de investigación federal finalmente comenzó a ulular con fuerza, acercándose por la calle principal de Charleston para sellar el destino de los verdugos.

Me acomodé el abrigo, sequé las lágrimas de mis mejillas y caminé hacia la salida con la cabeza en alto, sabiendo que el verdadero infierno apenas comenzaba para ellos.

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