La vieja placa de la abuela, convertida en una comisaría, quedó patas arriba a las 3 de la madrugada.

El aire en el gran salón de la mansión Valdés se volvió denso, casi irrespirable, cuando Rodrigo alzó su copa de plata para brindar por la ruina definitiva de Gabriel. Estaba convencido de que la victoria era suya, de que había enterrado cada secreto y asesinado la única verdad que podía destruirlo. Las llamas de la chimenea chisporroteaban, proyectando sombras deformes sobre los retratos de sus antepasados, mientras la música de la fiesta ahogaba la tormenta que rugía fuera.

De pronto, las puertas principales se abrieron de par en par con un estruendo seco.

No era el viento. Era Gabriel.

Traía la ropa manchada de ceniza y barro, pero en sus ojos no había rastro de la derrota que Rodrigo esperaba. Detrás de él no venía un ejército, sino los oficiales de la corona junto a los antiguos leales de la familia, aquellos a quienes Rodrigo creía haber comprado o silenciado. El silencio cayó como una guillotina sobre la concurrencia. Rodrigo, intentando mantener la compostura, soltó una carcajada amarga y dio un paso al frente.

—Llegas tarde a tu propio entierro, Gabriel —dijo Rodrigo, apretando el puño con rabia contenida—. Todo lo que tenías me pertenece. Tu nombre, tus tierras, tu honor… Todo lo reduje a cenizas.

Gabriel no gritó ni mostró desesperación. Solo esbozó una sonrisa fría, cargada de una serenidad terrorífica que hizo retroceder a los guardias de Rodrigo.

—Cometiste un error fatal, Rodrigo —murmuró Gabriel, su voz resonando con una nitidez escalofriante en el recinto—. Creíste que mi ambición era recuperar lo que me robaste. Nunca me importó la fortuna. Mi único propósito durante estos cinco años fue asegurarme de que la caída de tu imperio fuera absoluta e irreversible.

Gabriel extrajo del pecho un libro de cuentas encuadernado en cuero negro, junto con las cartas firmadas que probaban no solo el fraude y la alta traición de Rodrigo contra el reino, sino también el envenenamiento sistemático del viejo patriarca. Cada documento llevaba el sello personal de Rodrigo, el mismo que creía guardado bajo siete llaves.

El rostro de Rodrigo se descoloró instantáneamente, transformándose en una máscara de horror puro. Miró a su alrededor buscando auxilio, pero sus aliados, aterrorizados por la inminente condena de muerte que pesaba sobre la traición, retrocedieron en masa, dejándolo completamente aislado en el centro de la sala.

—No solo perderás tus títulos, tu honor y tu libertad esta noche —prosiguió Gabriel, acercándose lentamente a él hasta quedar a pocos centímetros—. El veneno con el que mataste a mi padre era lento, inodoro e indoloro al principio. El mismo compuesto con el que has estado brindando toda la noche, gracias a la lealtad que compré de tu propio sirviente personal.

La copa de plata se estrelló contra el suelo de mármol, derramando el vino oscuro. Rodrigo se llevó las manos a la garganta; el pánico aceleró el efecto de la sustancia y el ardor comenzó a devorar sus entrañas. Cayó de rodillas, con los ojos desorbitados, suplicando en vano una piedad que sabía que jamás llegaría.

Gabriel se inclinó y le susurró al oído con una implacable frialdad:

—Muere sabiendo que todo lo que construiste sobre mentiras se derrumbó antes que tú, y que tu nombre será recordado únicamente como el de un traidor cobarde.

Las cadenas de los oficiales envolvieron los puños de Rodrigo mientras este se retorcía en el suelo, despojado de su poder, de su salud y de su orgullo, consumiéndose en su propia trampa ante los ojos de toda la aristocracia que alguna vez lo aclamó.

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