Aquel objeto metálico abandonado sobre la alfombra del recibidor era el llavero de Sergio, del cual colgaba una pequeña llave maestra y, de manera más perturbadora, una tarjeta de memoria microSD idéntica a la que Paula había encontrado. El terror inicial se transformó al instante en una corriente de plomo fundido que recorrió cada fibra de mi cuerpo.
—Robert, no seas estúpido —insistió la voz de Paula a través del altavoz del teléfono celular, temblando de un pánico absoluto—. ¡Llama a la policía ahora mismo y escóndanse en el sótano! ¡Ese hombre está completamente loco y es peligroso!
No colgué la llamada. Dejé caer el aparato sobre la mesa de centro, con la línea abierta, mientras me giraba lentamente hacia las escaleras. Ruby había aparecido en la cima, descalza, con el rostro pálido como el papel, aferrando con fuerza su muñeca de trapo contra el pecho.
—Tío… —susurró con un hilo de voz que me desgarró el alma—. Él… él ya llegó hasta aquí.
En ese preciso instante, la paciencia artificial de Sergio al otro lado de la puerta se desvaneció por completo. Un golpe sordo, seco y brutal hizo temblar la madera maciza de la entrada, seguido de una carcajada fría, hueca y escalofriante.
—¿Crees que puedes ocultarte de mí, pequeño idiota? —la voz de Sergio ya no sonaba amable, educada ni fingida; era un gruñido bestial, la máscara del “buen hombre” se había hecho añicos para revelar al monstruo que acechaba en las sombras—. Abre la puerta de una maldita vez o juro que tiraré abajo esta entrada y le arrancaré los dientes uno por uno a esa mocosa malcriada antes de romperte el cuello a ti.
La furia. Una furia ciega, primaria, incandescente y absoluta, estalló en lo más hondo de mi cerebro, borrando cualquier vestigio de miedo, duda o prudencia. Ya no quedaba espacio para la diplomacia, ni para las llamadas a la policía que tardarían una eternidad en llegar desde el centro de Austin. Aquella bestia había venido a buscar a una niña indefensa a mi propia casa, y iba a encontrar su propio infierno.
—Ruby, ve corriendo a la cocina y escóndete detrás de la alacena —le ordené con una voz firme, mirándola directamente a los ojos para transmitirle una pizca de seguridad—. Pase lo que pase, no salgas de ahí hasta que yo te lo diga. ¿Entendido?
La niña asintió rápidamente con la cabeza, con los ojos anegados en lágrimas, y corrió con la agilidad del miedo hacia el fondo de la casa.
Me agaché con parsimonia, recogí el pesado llavero de metal del suelo y, con una frialdad matemática que me sorprendió a mí mismo, caminé hacia la puerta principal. No la abrí de inmediato. Me detuve a un palmo de la madera, sintiendo la vibración de los embates que Sergio seguía propinando desde el exterior.
—¿Qué pasa, Sergio? —le respondí con un tono de voz gélido, deliberadamente burlón, que hizo que los golpes cesaran de golpe al otro lado—. ¿Se te olvidó algo en casa de tu cuñado? ¿O acaso venías a supervisar si la niña ya cumplió con su racionamiento de agua?
Un silencio absoluto, denso y cargado de veneno se apoderó del porche.
—Abre la maldita puerta, Robert. No estás jugando en tu liga. No sabes con quién te estás metiendo —siseó Sergio con una rabia contenida que destilaba veneno puro.
—Oh, sí lo sé perfectamente —repliqué con una sonrisa macabra dibujada en los labios—. Sé exactamente quién eres. Sé lo que escondes en las tarjetas de memoria. Sé lo que les haces a los niños cuando crees que nadie mira. Y lo mejor de todo, Sergio… es que tú tampoco sabes lo que yo estoy dispuesto a hacer para proteger lo que es mío.
Un nuevo estruendo ensordecedor sacudió la puerta; la madera comenzó a astillarse alrededor de la cerradura bajo el impacto de una barra de hierro o una patada brutal. Sergio estaba perdiendo el control por completo, ciego de ira al saber que su fachada se había derrumbado.
—¡Te voy a matar, hijo de puta! ¡Te voy a arrancar la piel a tiritas! —gritaba el hombre al otro lado, aporreando la entrada con una fuerza descomunal.
Retrocedí tres pasos exactos, adoptando una postura firme, y esperé el segundo preciso.
Con un crujido espantoso, la cerradura cedió y la puerta estalló hacia adentro, astillándose en mil pedazos. Sergio irrumpió en el recibidor con los ojos inyectados en sangre, sosteniendo una pesada barra de metal en la mano derecha, respirando de forma agitada, con una sonrisa de psicópata danzándole en los labios.
Pero no encontró a una víctima aterrorizada esperando su castigo.
En cuanto cruzó el umbral, antes de que pudiera levantar el brazo para golpear, me lancé sobre él con toda la fuerza acumulada de mis años de frustración y rabia asesina. No hubo palabras de advertencia. El impacto lo tomó completamente por sorpresa, derribándolo de espaldas contra el suelo de baldosas del recibidor con un golpe seco que resonó en toda la casa.
La barra de metal salió disparada de su mano, deslizándose por la alfombra.
Sergio intentó incorporarse, escupiendo sangre y maldiciones, pero me le vine encima con una furia implacable, montándome sobre su pecho y propinándole una lluvia despiadada de golpes directos al rostro. Cada puñetazo era una respuesta por cada día de hambre de Ruby, por cada lágrima silenciosa, por cada noche de terror encerrada bajo llave, por cada amenaza susurrada en la oscuridad.
—¡Esto es por el lunes! —le grité estampando mi puño contra su mandíbula con un crujido audible de huesos rotos.
—¡Esto es por el maldito vaso de agua! —repetí, destrozándole la nariz de un segundo golpe brutal que lo dejó aturdido, con los ojos blancos y gimoteando como un cobarde.
—¡Y esto… esto es por atreverte a poner un solo dedo encima de mi sobrina!
Sergio intentó suplicar, balbuceando palabras ininteligibles entre dientes rotos y borbotones de sangre, tratando de cubrirse el rostro con las manos destrozadas. La criatura sanguinaria y controladora que aterrorizaba a una niña indefensa se había desvanecido en cuestión de segundos, convertida en un guiñapo patético que suplicaba clemencia bajo el peso de mi bota.
Me detuve un instante, jadeando pesadamente, con los nudillos completamente ensangrentados y la adrenalina corriendo como fuego por mis venas.
Desde el teléfono celular que seguía tirado en la mesa de centro, la voz de Paula, ahogada en llanto y terror, aún repetía mi nombre:
—¿Robert…? ¿Robert, qué está pasando? ¡Dime algo por favor!
Me acerqué al aparato, lo tomé con la mano libre sin dejar de pisar el pecho de Sergio, que gemía de dolor en el suelo, y respondí con voz helada:
—Tranquila, Paula. El monstruo ya no va a volver a molestar a nadie en esta casa. Y tú… más te vale que pienses muy bien qué vas a decirle a la policía cuando lleguen.
Colgué la llamada de golpe.
Miré a Sergio, que yacía en el suelo retorciéndose como un gusano aplastado, completamente incapacitado para volver a levantar la mano contra un inocente. Pero mi venganza, la verdadera y definitiva justicia poética, no iba a terminar con unos cuantos golpes en la sala.
Me levanté con parsimonia, caminé hasta el fondo de la cocina y llamé a Ruby con suavidad. La pequeña asomó la cabecita con timidez, sus grandes ojos brillando en la penumbra.
—Ya pasó todo, mi amor —le dije, arrodillándome a su altura y esbozando una sonrisa cálida y genuina por primera vez en toda la noche—. El monstruo ya no te va a hacer daño nunca más. Y te prometo una cosa: a partir de mañana, y por el resto de tu vida, vas a tener permiso absoluto para comer, para reír, para jugar y para ser feliz todas las veces que te dé la gana.
Ruby me miró en silencio durante un segundo eterno, como si procesara el peso liberador de esas palabras. Luego, por primera vez desde que la conocí, una sonrisa radiante, pura y genuina iluminó su rostro infantil. Se lanzó a mis brazos con una fuerza natural, rodeándome el cuello con sus manitas, sin miedo, sin rigidez y sin cadenas.
Mientras abrazaba fuerte a mi sobrina, escuché a lo lejos las sirenas de la policía acercándose a toda velocidad por las calles de Austin, dispuestas a arrestar a un monstruo que había probado, por fin, su propia medicina.